Siempre en mi trabajo salgo para llevar cosas de un lugar a otro y paso por una plaza, donde me siento apaciblemente en un círculo de piedras que apenas asoman de la tierra y saludo al guardián de la plaza. Ese día un zumbido me llamaba de entre las ramas de un árbol, el invierno estaba en que se iba y la primavera empujaba ya a las flores a despertar. El viento sacudía algunos papelitos de caramelo que parecían barriletes en miniatura.
Cerré los ojos y al abrirlos estaba Irirula que tiraba de mi pantalón: Cerrá los ojos, cerrá. Me señaló un hada, y yo sorprendido dije: La lluvia de colores.
Cerré los ojos y al abrirlos estaba Irirula que tiraba de mi pantalón: Cerrá los ojos, cerrá. Me señaló un hada, y yo sorprendido dije: La lluvia de colores.
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